Escucha a Dios mediante las palabras de Jesús
“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”.
El propósito principal de la voz del cielo tenía que ver con los discípulos. Habían reconocido que Jesús era el Mesías, el Hijo del Dios viviente, Mateo 16:16, pero no habían entendido lo del “Siervo Sufriente”, Isaías 53:3-6. Pedro quiso impedir que Jesús fuera a la cruz, pero, él y sus compañeros tenían que aprender de una vez que Jesús estaba en el centro de la voluntad del Padre. No sólo el Padre lo reconoció como su Hijo amado, y del cual él se agradaba, sino que mandó a los discípulos que le oyeran. Pedro, y probablemente los otros, estaban más dispuestos a instruir a Jesús en cuanto a la cruz, que a ser instruidos. El mandato: “a él oíd” es un imperativo del tiempo presente y denota acción continua y repetida. Significa oír con atención lo que Jesús decía en cuanto a la cruz y la de ellos.
Hoy se predica el mismo mensaje, la muerte y resurrección de Cristo, sin embargo, muchos no quieren oír, muchos no tienen en mente los intereses de Dios, la salvación de la humanidad.
De pronto, para muchos son palabras demasiado duras para aceptarlas, ya que seguir a Cristo no es tener una vida de confort y seguridad, por el contrario, seguirlo implica negarnos a nosotros mismos, es tomar nuestra cruz; seguirlo es entender que el propósito de nuestra vida es de mayor importancia que todo lo que podemos tener en esta vida: bienes terrenales, posesiones, fama y éxito del mundo. Es mejor no tener todo esto, que perder nuestra alma.
Amado Jesús, anhelo entrar en tu gloriosa presencia por medio del Espíritu Santo, quiero mirar tu rostro que brilla como el sol, postrarme en adoración y sentir tu toque diciéndome: “no temas yo estoy contigo”, ayúdame a entender tus palabras que son vida y paz; y así poder compartirlas con otros, para que les llegue la luz de tu presencia y sean salvos como yo. En Cristo Jesús, amén.


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